lunes, 31 de enero de 2011

El Mito de las Mayorías

El Mito de las Mayorías.


A manera de Prólogo

     Por respeto a la razón, lo que se inició como un artículo de opinión, terminó como un ensayo. Contradictoriamente corresponde también a esa razón, hacerme entender que con la actual dinámica de prioridades de vida, la “Gran mayoría de las personas” no leerán un ensayo en 20 páginas de un tema tan abstracto. Los expertos recomiendan que un escrito “no debe pasar de 1900 caracteres, porque la mayoría no los lee” es evidente que para “esa gran mayoría” lectora  y conocedora profunda de la esencia epistemológica en la creatividad sintetizadora, media cuartilla es suficiente para entender cualquier planteamiento, por más complejo que sea el tema, ya que consideran contar con el conocimiento pleno de los argumentos que puedan sustentarlo, solo requieren una pequeña luz que los guíe. Es por ello que el presente ensayo, a pesar de tratar sobre esas “honorables mayorías” que no pasarán de este prólogo, está dirigido con especial atención a esa selecta minoría que con interés lo leerá y releerá para tratar de analizar los argumentos planteados, y contribuir a una mejor definición del difícil tema aquí tratado.

Masa y Mayoría


    José Ortega y Gasset en su obra “La Rebelión de las Masas” (1930), expresó ideas como esta:

“La rebelión de las masas puede, en efecto, ser tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, pero también puede ser una catástrofe en el destino humano. No hay razón para negar la realidad del progreso; pero es preciso corregir la noción que cree seguro este progreso. Más congruente con los hechos es pensar que no hay ningún progreso seguro, ninguna evolución sin la amenaza de involución y retroceso

    Afirmaba también que todas las actuaciones que implican rebeliones populares presentan doble vertiente y por lo tanto la inteligencia humana no solo tolera, sino que reclama una doble interpretación favorable y peyorativa. No hay que pasar por alto que la justa medida de la interpretación de estos hechos, la va a otorgar el paso del tiempo, a veces los siglos.

     Nací y me crié en un barrio humilde de mi país, sin la presencia de un padre y siendo uno de los niños más pobres de los de mi edad. A pesar de ello, asistí a escuela y liceo público donde todos, sin excepción, podían asistir. Trabajando en mis tiempos libres para colaborar con los gastos de mi madre y mis cinco hermanos, a los 15 años ya era bachiller. La gran “mayoría” de mis compañeros de barrio no finalizó sexto grado de primaria. Luego de adultos, he comprobado que ninguno de ellos acepta la responsabilidad que les corresponde, y la proyectan a otras circunstancias. Sin embargo, casi 40 años después la mayoría de los que aún viven allí, siguen con su costumbre de reunirse a tomar licor, jugar barajas, a discutir de su visión del mundo y a hablar mal o bien del gobierno de turno, según los beneficios que les hubiese brindado o no a cualquiera de ellos. No reconocen que perdían tiempo y dinero en vicios y en estupideces, sin aprovechar las oportunidades que estaban ahí, esperando a los más voluntariosos. Se pudiera alegar en su favor que son consecuentes con su amistad.

     Luego, en la Academia Militar, conocí otros jóvenes, también provenientes de barrios pobres, compartiendo estudios y sueños con muchos de ellos, puedo afirmar que la mayoría estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de tener fama, poder y dinero. El lobo de Hobbes se presentaba de muchas formas en sus ambiciones humanas, tan pronto tenían algo de poder, inmediatamente le hacían a los subalternos aquello que a ellos no le gustaba que le hicieran.

     Analizando mi vida en retrospectiva, desde niño he tenido problemas con mi entorno por no compartir algunas conductas mayoritarias que he considerado contradictorias a la ética y a la razón. Afán de lucro, suciedad, vulgaridad, traición, negligencia, autoritarismo, fraude, servilismo, sumisión, incompetencia, viveza, abusos, pereza y vicios como el cigarrillo, el licor y los juegos de azar, entre otros peores, son códigos de conductas que he observado crecer como avalancha en nuestros grandes centros urbanos, y con más énfasis en los de mayor pobreza. No reconocer lo que está a la vista, es hipocresía social o garantía inequívoca de ser como ellos.

     Pobreza no es sinónimo de suciedad ni de torpeza, eso me lo enseño mi madre desde pequeño, “dos pantalones y dos camisas no podrán ser de lujo pero si deben ser limpias”, “lo que gastas en cerveza puedes gastarlo en bloques, con cervezas no construyes una casa, con bloques, cemento y voluntad, si”. “Nunca esperes que otro haga por ti, lo que a ti te corresponde hacer”. Son premisas de vida aprendidos en un hogar humilde. Estoy seguro que aún existen, en muchos hogares, pero lamentablemente debo afirmar que no en la mayoría de ellos,en una sociedad donde imperan nuevos valores.

     En democracia se dice que la razón la tiene la mayoría. Al respecto, sabiendo que esa mayoría tratará de descalificar mi persona y no a los argumentos, prefiero mi voto salvado sobre ese mito que es regla y base de la democracia. Ahora bien, con el respeto que merece Ortega y Gasset, debo dejar claro que uno de los objetivos del presente ensayo es tratar conceptualmente diferente los términos masa y mayoría.

      Si bien es cierto que las “masas” normalmente provienen de las mayorías pobres, no siempre es así, y no todas esas mayorías están dispuestas a convertirse en “masas”, y ser empujadas hasta la violencia, para bien o para mal, por algunas minorías. Así como hay pobres con alta moral y excelentes aptitudes intelectuales, también hay ricos sin intelecto y sin moral, y viceversa. Las razones para movilizarse o no, pertenecen a ese desconocido mundo de la complicada conducta humana que algunos llamados intelectuales han tratado comprender por muchos años y hasta se han atrevido denominar ciencias, a las especialidades que han creado para su estudio.

Tsunami Popular y Abstracción


    Según el Artículo 2 de nuestra Constitución de 1999, “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de derecho y de justicia…

     En la Constitución de 1961 no existía una disposición expresa, relativo al modelo teórico del Estado Venezolano. Algunas constituciones del mundo prevén su modelo de Estado, como la de la República de Colombia en su Artículo 1 (Colombia es un Estado Social de Derecho…) o la del “Democrático” Reino de España en su Artículo 1 (España se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho…), pero no conozco alguna que se acerca a esta creación abstracta totalmente ecléctica que resulta de la suma de cuatro modelos teóricos de Estados sobre los cuales existe en forma individual, inmensa bibliografía. Desarrollar esta combinación de las teorías de Estado Democrático, Estado Social, Estado de Derecho y Estado de Justicia y construir un resultado epistemológicamente aceptable, sería imposible en un único ensayo, y considero que tal misión es otro reto para las nuevas generaciones de hombres pensantes de Venezuela y el mundo. Sin embargo, trataré de iniciar esta entrega sobre el alcance del concepto “democracia” desde la óptica de su inseparable compañero, el término “pueblo”, expresado cuantitativamente en el vocablo “mayoría”, dejando para futuras ocasiones el resto del modelo y en especial “El Estado Social” como estructura acabada del Estado democrático.

      Los conceptos abstractos como Estado, República, Democracia, Social, Pueblo, Nación, Libertad, Derecho, Justicia, etc, han sido históricamente motivo de discusiones en sus definiciones, ya que al no relacionarse con objetos específicos ni concretos, no disponen de imágenes determinadas que permitan una aprehensión mental más o menos común en las personas, surgiendo por ello variaciones importantes en cuanto a su comprensión y alcance. Los continuos cambios en sus definiciones impulsados por las circunstancias y realidad históricas es la más palpable prueba de esta afirmación.

     Se le atribuye a Abrahan Lincoln haber expresado que “Todos estamos decididamente a favor de la libertad, solo que no siempre pensamos lo mismo cuando la palabra sale de nuestros labios. El mundo nunca tiene una buena definición para esta palabra”. En la actualidad, esta consideración es aplicable en justa medida a conceptos como democracia, justicia, pueblo, etc.

    El lunes 24 de Enero del 2011, el editorial del Diario El Nacional en Venezuela se refirió sobre el “Tsunami Popular” que en 1958 arrastró al general Marcos Pérez Jiménez, y en muchos artículos de opinión de diversos medios de ese día, el tema democracia, pueblo y mayoría estuvo presente. Todo ello aconteció porque el 23 de enero de 1958, es tomado como el día de la Democracia y es la fecha en la cual el pueblo hizo valer su voluntad popular. En esta celebración la Prensa Nacional reseñó abiertamente las movilizaciones populares de partidarios del gobierno y de la oposición. Ambos marcharon por la democracia y en sus consignas los dos bloques manifestaban su derecho de ser mayorías.

     Sobre dicha celebración, lo que nunca he podido conocer, es el número exacto de venezolanos que participaron y estaban de acuerdo con derrocar al dictador Perez Jimenez, ya que no se comprende que en 1968, después de haber sido preso y exiliado, dicho personaje fue postulado en ausencia para el senado en la tarjeta del partido Cruzada Cívica Nacionalista, y, sin estar presente en el país para hacer campaña electoral, con un partido sin recursos económicos, en muy poco tiempo y con un organismo electoral bajo control jurídico y político de sus enemigos políticos, que debe haberle escamoteado enorme cantidad de votos, al “derrocado en 1958 por el pueblo”, le atribuyeron el triunfo con 408.351 votos populares. Como referencia obligatoria de análisis, se debe recordar que el presidente electo en esas elecciones, Rafael Caldera, obtuvo 1.083.712, y estas son cifras curiosas. Casi un 40% del número de los venezolanos que legitimó al entonces presidente, (sin contar la abstención, las mayorías que no tenían cédula o no estaban inscritos, y los votos no atribuidos) apoyaban el regreso del derrocado. La sorpresa fue tal, que la Corte Suprema de Justicia en tiempo record lo inhabilitó por “no haberse inscrito en el registro electoral”, un tecnicismo sin soporte coherente para desconocer la “voluntad popular”, una voluntad que estaba creciendo en forma alarmante y que obligó al poder constituido a elaborar en Mayo de 1973, sin consultarle a los electores, la 1ra enmienda a la Constitución de 1961, con la que se inhabilitó permanentemente al “derrocado por el pueblo”, evitando que ese mismo pueblo lo eligiera presidente por votación directa en Diciembre de 1973.

     En el ejemplo anterior podemos observar inconsistencias y contradicciones sobre la voluntad popular dignas de profundos análisis. Es cierto que en 1958 masas activadas del pueblo se movilizaron para derrocarlo,  pero también es cierto que diez años después se pudo comprobar que otra parte de la población lo apoyaba en forma pasiva. Pudiera concluir que solo una masa movilizada y no la mayoría del pueblo derrocó a Pérez Jiménez, o ese pueblo se arrepintió diez años después de haberlo hecho.

     Es necesario resaltar la globalización del fenómeno popular que podemos apreciar en este momento en naciones como Túnez, Yemen y Egipto, grandes masas de población reseñados mediáticamente como “otro tsunami popular” de airadas y masivas protestas contra los gobernantes de turno, cada uno de los cuales debería ser analizado en su contexto, en forma diferente y con suficiente información más allá de las que venden los medios. Cabe destacar el caso de Egipto, donde estos medios señalan con notable exageración que más de “un millón de personas” protestaron y lograron la renuncia de un presidente con más de 30 años en el poder, pero también se pudo observar otra masa poblacional, muy numerosa pero menos promocionada, que defendía al mandatario. Pueblo contra pueblo, ¿espontáneo?, ¿manipulado?, no logro encontrar por ahora elementos convincentes para afirmarlo o negarlo, pero luego de la renuncia ya es tratado como una revolución ¿Quién recuerda ahora del inmenso apoyo popular para ese presidente en la década de los 80?

     Lo único común entre esos países, es el crecimiento incontrolable de población y pobreza, el subdesarrollo, la corrupción de funcionarios, algo de fanatismo y muchos intereses económicos en juego.

     En cuanto a Egipto, con más de 90 millones de habitantes, su capital el Cairo se estima con aproximadamente 18 millones. Supongamos que las masas movilizadas por cada lado, imposible de contabilizar, pero exagerando sumen dos millones, ¿Son estos dos millones de personas representantes legítimos de los habitantes del Cairo? ¿De todo Egipto? En realidad, son una mínima parte del pueblo, pero hacen mucho bulto, hacen mucha masa y, a los ojos de la opinión pública con la eclosión de la información y todos los medios existentes, esto es una gran noticia que puede ser explotada de muchas formas y por muchos intereses.

     Una cámara de televisión, representando un interés particular en función de cualquier ideología puede lograr efectos sorprendentes y obtener visualmente que 100 x 100 resulte un millón y no diez mil. Un reportero agitado y actuando con un guión preconcebido puede lograr efectos psicológicos e impredecibles en una audiencia. La violencia y la muerte es noticia cuando interesa. No es la primera vez que las cámaras enfocan hacia un solo lado, evitando que la opinión pública pueda ver el otro lado. Tampoco es la primera vez que las revoluciones, así le pongan nombres de flores, han traído espinas para los pueblos que las provocaron. El colmo de la ironía es que en Túnez, la acción que llevó al poder hace 30 años al ahora destituido gobernante, y la que actualmente lo derroca, tienen aroma de jazmín. Para fines didácticos, y con relación al mundo musulmán en la historia reciente, hay que recordar lo peligroso que puede resultar el fundamentalismo islámico como derecho fundamentado en la autodeterminación de los pueblos.

      Pudiera plantear muchos ejemplos históricos de manipulaciones e interpretaciones de la democracia, de la mayoría y del pueblo, pero pasemos a revisar un poco el origen y desarrollo del concepto que los contiene.


La Plebeya Democracia


     El término “democracia” ha sido en esencia uno de esos conceptos de múltiples definiciones e interpretaciones. Según la historia, surge en una antigua Grecia, conformada socialmente por Eupátridas (Nobles), demiurgos (artesanos), geomoros (campesinos), metecos (extranjeros), ilotas (esclavos) y las mujeres. El ´termino “cracia”, de Kratos, implicaba poder o gobierno, y el término “demos” surge, según Plutarco, cuando los artesanos y campesinos (evidentemente mayoría), en abierta oposición a los nobles, se unen en contra de estos, conformando el pueblo. Por tal razón, democracia originalmente significaba “Gobierno de los artesanos y campesinos”, excluyendo de ello a los nobles, a los esclavos y a las mujeres.

     Es pertinente recordar que en la tan reputada democracia ateniense solo participaban un número menor al 10% de su población, fáciles de reunir y de contar a sus ciudadanos en asamblea. De un día a otro, un artesano, un campesino y hasta un noble caído en desgracia podían pasar a la condición de esclavo, y estos, al igual que los extranjeros y las mujeres, no tenían los derechos del ciudadano, eran cosas. Indiscutiblemente, el concepto inicial de Democracia nace como un sistema de gobierno para un estado pequeño, que elegía sus autoridades por el voto de la mayoría de los ciudadanos, en contraposición a los conceptos de autocracia (monarquía) y de oligarquía (aristocracia).

    La discusión sobre la capacidad de estas mayorías para proponer cargos de gobierno, elegir gobernantes o gobernar en función al poder del número, también ha sido objeto de mucha polémica: Según el Argentino José Nun (2000) “El famoso solo sé que no sé nada de Sócrates, por allá, por el siglo VI antes de Cristo, no quiso ser una expresión de modestia, sino una burla dirigida a las ambiciones de esa heterogénea multitud que pretendía gobernar a Atenas cuando era tan inculta que, a diferencia del filósofo, ni siquiera tenía conciencia de su ignorancia”. Esta reflexión de Sócrates, pudiera considerarse el primer antecedente histórico de la denominada actualmente por algunos autores como la “Insurgencia de la Ignorancia”. En este orden de ideas, el concepto de democracia nació satanizado, por su relación directa a los conceptos pueblo, mayoría, masa e ignorancia, y todos sabemos que pasó años después con la sociedad ateniense.

     De esa época, Aristóteles, en su obra “La Política”, buscando diferenciar democracia de oligarquías, y caracterizando ésta en función a la riqueza, calificó de error grave, aunque muy común, hacer descansar exclusivamente la democracia en la soberanía del número:

“Supongamos un Estado compuesto de mil trecientos ciudadanos, y que mil de ellos, que son ricos, despojan de todo poder público a los otros trescientos ciudadanos, que aunque pobres, son tan libres como los otros e iguales en todo excepto en la riqueza; dada esta hipótesis, ¿Podría decirse que tal Estado es democrático? Y en caso contrario, que los pobres sean políticamente superiores a los ricos, aunque estos últimos sean más numerosos, tampoco se podrá decir que esta sea una oligarquía”

     Evidentemente la democracia como concepto comienza a variar, exigiéndole al gobernante una conducta ética y de respeto a los gobernados, en especial a los opositores.

      No debemos olvidar que Aristóteles establecía como requisito que los gobernantes debían ser personas con conocimiento, los mejores, las élites intelectuales, y que en el ejercicio de sus funciones debían respetar una serie de obligaciones de carácter moral. En un Estado de 1300 ciudadanos, los mejores podían determinarse sin necesidad de currículo, ya que ni el prestigio intelectual ni un currículo podrían inventarse de la noche a la mañana. Allí eso era posible porque todos se conocían.

     A pesar de ello, siguió siendo peyorativo el ´termino democracia ya que era sumamente complicado gobernar complaciendo a esas mayorías de “tantos ciudadanos” y sobretodo cumplir los requerimientos de los ciudadanos más pobres que comenzaron a exigir al Estado la solución a sus problemas.

     Al alemán Leibniz se le atribuyó en 1700 la frase de “No existe hoy príncipe alguno que sea tan malo para que no resulte mejor ser su súbdito que vivir en democracia”. Y en su Historia de los Estados Unidos (1927), Charles Austin Beard afirmó que “cuando fue escrita la Constitución de los Estados Unidos ninguna persona respetable, se llamaba a si democrática”

    Es después de la 2da Guerra Mundial cuando verdaderamente el concepto “Democracia” trata de reinventarse y todas las teorías al respecto comienzan a ser mayormente discutidas y llevadas al debate epistemológico con los diferentes apellidos que le fueron agregados a lo largo de la historia del pensamiento político: Democracia Representativa, Directa, Liberal, Parlamentaria, Cristiana, Social y hasta la redundante Democracia Popular. Al respecto, Nun (2000) reflexiona sobre esto:

“La noción de Democracia se ha desfigurado y la literatura no ha tenido más remedio que acudir a los epítetos (Democracias transicionales, incompletas, relativas, inciertas, autoritarias, etc). En realidad, la democracia nunca ha podido privarse de los adjetivos, pero el solo uso de los epítetos anteriores nos remiten a la ausencia o deformación de la democracia que describen; y por eso, son síntomas de un malestar al que hay que prestarle toda la atención que merece”

     Desde Grecia hasta nuestros días, la reputación de la Democracia es diferente, pero su esencia no ha variado en lo absoluto, y todos los términos abstractos que los pensadores han construido a lo largo de los años para reinventarla, justificarla y supuestamente defenderla, siguen y seguirán siendo accesorios. Lo esencial es “La participación de las mayorías en el nombramiento de sus autoridades políticas”. Esas mayorías que históricamente están buscando un “salvador ante sus enemigos verdaderos e imaginarios causantes de los males que le agobian”. Existen tres diferencias básicas con Atenas, la primera es que toda persona humana es ciudadano, y salvo algunas mínimas restricciones legales, todos tienen derecho al voto en igualdad de condiciones para elegir sus gobernantes. Con esta premisa, en países como Venezuela, el voto de un analfabeta genérico, funcional, o estructural, es decir, “los actuales esclavos de la ignorancia”, es igual al de un verdadero intelectual, con probada capacidad para producir conocimientos de irrefutable visión sistémica, que razonablemente lo hace menos vulnerable a la manipulación. La segunda diferencia, derivada de la primera, es que los Estados ya no son de 1300 ciudadanos, y que en las actuales naciones constituidas por millones de personas, estos esclavos de la ignorancia siguen siendo mayoría, y se multiplican más rápido, pero su apreciación de igualdad, libertad y democracia, no solo los legitima para desconocer su propia ignorancia, sino que le otorga una falsa percepción de sus aptitudes, lo que genera en ellos una arrogante seguridad de tener conocimientos, razón y hasta el derecho político para imponer, por mayoría, su sin razón. La tercera y última diferencia, y la más complicada, es la complejidad de los métodos utilizados para contar los votos en forma transparente y que sus resultados sean pacíficamente aceptados, lo cual se hace más difícil en cuanto más polarizadas están las sociedades y mayor número de personas las conforman.

     Es pertinente recordar que en sistemas como en los Estados Unidos de América, no existe la paridad del voto, sino el método de Colegios Electorales, y varias monarquías utilizan las denominadas democracias parlamentarias.


La igualdad sin mérito

     Con la efímera Revolución Francesa crece el mito de la igualdad. Pocos años antes, Estados Unidos de América decretó su libertad con la vigencia de su Constitución de 1787. Llama la atención que la palabra igualdad aparece muy pocas veces, pero en ninguna como un derecho. En las 10 primeras enmiendas relativas a los derechos, publicadas en 1791, la igualdad como derecho, no existe.

     El 26 de Mayo de 1789, la convulsionada Asamblea Nacional Constituyente Francesa aprueba el documento fundamental de la naciente revolución: La Declaración de los Derechos del Hombre.

     Es necesario resaltar que dicha declaración establece la igualdad en su Artículo I al proclamar que “Los hombres han nacido, y continúan siendo libres e iguales en cuanto a sus derechos. Por lo tanto, las distinciones civiles solo podrán fundarse en la utilidad pública”. A partir de allí el principio de “igualdad” se utilizó así, sin muchas explicaciones teóricas y sin limitaciones.

     No podemos olvidar que este documento fue iniciativa de un grupo de 577 parlamentarios pertenecientes al llamado “Tercer Estado” que poco a poco fue asumiendo más poder, hasta autoproclamarse constituyentes por Francia y redactar la Constitución de la naciente República. Varios líderes capitalizaron el descontento con la monarquía a todas luces corrupta, y lograron movilizar masas poblacionales que iniciaron una Revolución Popular inmortalizada en el imaginario colectivo con los “asesinato” del gobernador y del alcalde de Paris, y con la Toma de la Fortaleza de la Bastilla. Esta fue la bandera de una sangrienta revolución que dio inicio a una efímera República que duró solo 10 años y que se caracterizó por el brillante filo de una guillotina que poco a poco, cortó la cabeza a los líderes de la revolución.

     Esa igualdad de derechos, poco a poco es asumida en la conciencia popular en una amplia extensión del concepto. Con el tiempo lo que nace como una igualdad de derechos, igualdad ante el impuesto e igualdad para el acceso a cargos públicos, olvidó su excepción en las “distinciones fundadas en la utilidad pública”, las cuales por supuesto, estarían irremediablemente sujetas a las diferencias naturales, intelectuales, morales y hasta espirituales que caracterizan a los seres humanos y que generan valor agregado a las sociedades.

     Grandes autores se han referido a este tema, uno de ellos, Ortega y Gasset afirmó que el “Hombre medio”, desde la segunda mitad del Siglo XIX no halla ante sí barreras sociales ningunas. Al no existir castas, no hay nadie civilmente privilegiado, y el principio es que todos los hombres son iguales. El error histórico ha sido hacerle olvidar que la igualdad de derechos solo significa igualdad de oportunidades para demostrar las aptitudes, y que ese potencial debe ser utilizado en su justa dimensión en provecho de la sociedad.  En un Estado, no todos sus ciudadanos pueden ser doctores, así como en un ejército no todos sus miembros pueden ser oficiales, hay una cantidad de tareas y oficios que alguien debe realizar, o habrá que importar mano de obra de otro planeta que no tenga la igualdad como derecho. La fantasía organizativa de la isla Utopía de Tomás Moro, nunca será aplicable en la vida real, donde todos somos necesarios pero útiles según las aptitudes, el potencial creativo y los requerimientos sociales.

     Al respecto, José Ingenieros, en su obra “El Hombre Mediocre” (1913) nos ilustra sobre este fenómeno, expresando que:

“La naturaleza se opone a toda nivelación, viendo en la igualdad la muerte; las sociedades humanas, para su progreso moral y estructural, necesitan del genio más que del imbécil, y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la presunción igualitaria: No suprime a Leonardo para endiosar a Panza ni aplasta a Bertoldo para adorar a Goethe. Unos y otros tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El genio en su oportunidad, es tan irremplazable como el mediocre en la propia; mil, cien mil mediocres no harían lo que un genio”

    Indudablemente la igualdad se transformó en un mito de la democracia, usado como argumento ideológico, y utópico: En la antigüedad, los filósofos de varias civilizaciones lo habían analizado; Aristóteles, al ser interrogado sobre la diferencia existente entre los sabios y los ignorantes, respondió: “la misma que hay entre los vivos y los muertos, el conocimiento tiene raíces amargas pero dulce los frutos y nos permite hacer espontáneamente lo que otros hacen por miedo a las leyes” Las raíces amargas simbolizan el duro camino del esfuerzo propio y del sacrificio para obtener ese conocimiento diferenciador.

     Scipión Sighele en su obra “La Muchedumbre Delincuente” de 1892, comparando la sociedad como un lago tranquilo, afirmó que un genio, es ese hombre diferente que nace alguna rara vez, y lanza una idea en la “calma malsana de las inteligencias mediocres”. Esta idea inicialmente es rechazada y poco apreciada, pero funciona como una piedra lanzada en ese lago que por lentas ondas se propaga cada vez más desde el punto de impacto hacia la orilla. “En efecto, todo cuanto existe y es obra del hombre, desde los objetos materiales hasta las ideas, no es otra cosa sino la imitación o la repetición modificada de una inventada en otro tiempo por una individualidad superior”. La historia está llena de personajes que se adueñan de ideas ajenas, sin entender su esencia, para manipular a las mayorías y obtener un pasaporte de ascenso al poder como una necesidad de satisfacción de sus instintos y de sus ansiedades, sin más mérito que la apariencia, la imitación y el discurso falaz.

     Estas nulidades son hábiles en la simulación e intentan parecer preparadas y virtuosas. En su afán de sacudirse de su dura realidad de inferioridad, aspiran a ser considerados por sus cargos, rangos, grados o títulos, haciendo lo necesario para conseguirlos. Tratan así de sustituir el respeto cualitativo que genera la aptitud propia de los excelentes, por el culto cuantitativo a la actitud propia de los comunes. Es aleccionador lo que expresa Ingenieros en su obra “Las Fuerzas Morales”: “El hábito de ver tasar a los demás por los títulos que ostentan, despierta en todos un obsesivo anhelo de poseerlos y hace olvidar que el Estado puede usar en su provecho la competencia individual, pero no puede conferirla a quien carece de ella” Coincide Ingenieros en su reflexión a lo establecido en el Artículo I de la Declaración de los Derechos del Hombre. Lamentablemente, las mayorías democráticas no logran diferenciar un imitador de un original, perdiendo la oportunidad de que sus élites intelectuales y morales generen utilidad pública a sus naciones, o lo que es peor, estas élites, tal como lo señaló Tocqueville en 1835, pierden el interés en formar parte de los gobiernos en esas democracias enfermas.

     Es de honda preocupación, ver como las mayorías comunes han logrado a través de muchos años de “trabajo” reducir a la mínima expresión las exigencias intelectuales, morales, físicas y diferenciadoras de aptitudes para optar a los cargos del poder, grados y hasta a los títulos universitarios, creyendo erróneamente que mediante nombramientos y ascensos por decretos, resoluciones, diplomas, etc, conferidos por sus pares en funciones de poder institucional, logran el respeto moral que por sus méritos obtienen los originales y los virtuosos. Se olvidan de que “lo que natura non da, Salamanca non presta” y que aptitud y criterio no se compran en bodega. Sentencia Ingenieros: “áspero es todo sendero que se asciende sin cómplices; los que no pueden seguirlo conspiran contra el que avanza, como si el mérito ofendiera por el simple hecho de existir, el mérito vive rodeado de adversarios; la falta de éstos es inapelable testimonio de insignificancia”. En Venezuela, se ha flexibilizado hasta la nada los requisitos de exigencia, para crear una falsa excelencia, auspiciada por los medios y las propias instituciones en una alarmante y cada vez más creciente simbiosis social entre la vanidad del poderoso y la adulación del servil, que en el fondo, aspira a sustituirlo.

     En breve resumen de este planteamiento, podemos observar que las élites Aristotélicas basadas en el mérito, el intelecto y la moralidad, para gobernar los estados democráticos fueron sustituidas por grupos de incapaces con jerarquía social, nobles, o falsos intelectuales, transformándolas en corruptas aristocracias, privilegiando castas en detrimento de los grupos más desposeídos, los cuales respondieron a estas castas a través de la voluntad de las mayorías, otro espejismo o forma de dominio, de otros grupos incapaces. En ambos se olvidaron que la igualdad es una paradoja o una ilusión según los casos, utilizada como forma de acceso al poder de unos pocos sin ideales, boquirrotos o dientes rotos. Debo recurrir nuevamente a Ingenieros para ilustrar este argumento:

“Los demócratas persiguen la justicia para todos buscándola en la igualdad; los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban por reservarlo a los ineptos. Aquellos borran el mérito en la nivelación: éstos lo burlan atribuyéndolo a una clase. Unos y otros son, de hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo sea domesticado por banderías de blasonados o de advenedizos: En ambas están igualmente proscritos la dignidad y los ideales. Así como las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias no pueden serlo”

     No se puede seguir negando la verdad, el problema fue, es y será el hombre y sus virtudes o ausencias de ellas. Un hombre prisionero de su bien y de su mal. Como históricamente no se ha podido modificar esa realidad, cambiamos e inventamos modelos de Estados, formas de gobiernos, conceptos abstractos, ideologías, constituciones, leyes y modelos económicos que en esencia son neutros. Son los hombres los que le quitan su neutralidad. Para entender “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, se debe leer en su contexto, y comprender su obra anterior, “Teoría de los sentimientos morales”. Es el hombre el que excede los límites morales, y utiliza los fragmentos de teoría que le conviene, dándole un contexto propio y egoísta. De hecho, el capitalismo ha generado bondades y desarrollo en algunos pueblos, aunque en otros ha sido generador de enriquecimientos desproporcionados y de pobrezas lamentables. Para entender a Marx hay que leer a Engels y a Hegel, analizar el contexto histórico en que surgió su obra, revisar las observaciones de Ferdinand La Salle que lo distanciaron de Marx, analizar a Lenin, a Trotksky y a Stalin y determinar porque fracasó el socialismo real y otros ensayos socialistas, y porque otros no ortodoxos, se mantienen y elevaron el desarrollo de sus pueblos. El problema no es el capitalismo, ni el socialismo, el problema es el hombre; así lo visualizó Albert Hirschman, a quien se le atribuye haber expresado que “En el capitalismo se produce la explotación del hombre por el hombre, en el socialismo pasa exactamente lo contrario”.

Oferta de Mitos y Demanda de Esperanzas

     En la búsqueda de erigirse como únicos “intérpretes de la voluntad popular”, en las llamadas democracias de naciones como Venezuela, los políticos se comportan con criterios dignos del más radical sistema económico capitalista, no importa si pregonan el modelo socialista. Para entender mejor este planteamiento, recurro nuevamente a José Nun (2000)

“La comunidad se divide en un conjunto relativamente pequeño de dirigentes políticos y en una gran masa de ciudadanos, con una franja intermedia de militantes que operan como nexo. Los dirigentes (y sus asesores y técnicos) se organizan en partidos que reclutan militantes y que elaboran plataformas que después le proponen al electorado; y a este solamente se le convoca a optar entre ellas” (‘Democracia’, Buenos Aires).

   Los partidos actúan como voraces empresas que ofertan sus productos al mercado de ciudadanos que se comportan como si fueran consumidores, que en este caso no disponen de dinero para comprar sino de votos para elegir y esperanzas que exigir. Con medios económicos, financieros y comunicacionales controlados por pequeños grupos de poder, es inevitable que las preferencias de las mayorías deficientemente educadas y con necesidades reales y aparentes, acaben siendo manipuladas en sus esperanzas. Sobreponerse a esta realidad requiere aptitudes especiales presentes en unos pocos siempre enfrentados a intereses mayoritarios.  Las multitudes comunes viven el hoy, las minorías visionarias ven el futuro. Esas multitudes del presente, con vicios, deudas, ignorancia y ambiciones son atadas fácilmente a compromisos políticos que les satisfacen temporalmente, sus necesidades mínimas. Difícilmente se arriesgarán por líderes que les ofrezcan un mañana sin vicios y promisorio en trabajo y desarrollo, dice un adagio popular “más vale pájaro en mano que cien volando”. Todo es cuestión de tiempo y de ofertas más atractivas a sus intereses, solo el pueblo salva al pueblo, o lo destruye, y el pueblo de hoy no es el mismo pueblo del mañana, siempre habrá una percepción diferente de mitos y esperanzas.

     En naciones mestizas y ricas en recursos como Venezuela, al no existir clases sociales sustentadas en títulos nobiliarios hereditarios, estas son sustituidas por pequeños grupos que en su mayoría provienen de las propias masas humildes enriquecidas de las más variadas formas, desde el trabajo honrado y productivo hasta algunas relacionadas a los dineros públicos y otras modalidades delictuales. Estos grupos han constituido oligarquías bajo el amparo de un poder político circunstancialmente legitimado por las mayorías, generando un dantesco ciclo vicioso de grupos luchando por mantener sus privilegios, y otros buscando la forma de ocupar esos o nuevos espacios de control de poder. Ya lo sentenció Rosseau “Es efecto de las riquezas corromper a la vez al rico y al pobre; el uno por la posesión, al otro por la codicia”. En Venezuela el problema ya no es la corrupción como hecho social, es la inmensa fila de ciudadanos que están esperando su oportunidad para lucrarse de forma rápida y fácil.

     Ahora bien este planteamiento de sustituciones de monarquías y oligarquías por nuevas oligarquías y nuevos ricos en una lucha por privilegios y riquezas ha sido esencia de los males de muchas revoluciones populares. Basta con revisar la historia, y encontraremos ejemplos efímeros a nuestra visión del tiempo como la Revolución Mexicana y la Revolución Francesa, y más permanentes como la Revolución Rusa, con muchos ejemplos de monumentales equivocaciones atribuidas a las mayorías, cuando les tocó designar a los líderes de dichas revoluciones y de las formas como las luchas internas y ambiciones personales de estos, llevaron al traste los objetivos planteados y al desvanecimiento de las esperanzas de esas mayorías.

     El discurso de la democracia y de lo social ha sido históricamente la excusa teórica para llevar a la praxis los proyectos individuales y descabellados de muchos líderes. A propósito, líder en alemán es “Führer” y no hay que olvidar que Adolf Hitler fue un cabo del ejército que en 1918, fue calificado por un psiquiatra como “incompetente para comandar y peligrosamente psicótico”, y del que el entonces anciano Presidente de la República Alemana, el Mariscal Paul von Hindenburg, se refirió como “El cabo bohemio, un curioso personaje que podría llegar a ser un ministro de correo pero ciertamente no un canciller”. Pues bien, con habilidad y notoria oratoria, lideró el Partido Obrero Nacional Socialista (¡Que nombre!), en las elecciones democráticas para el Parlamento de 1931, que se constituyó como la 2da fuerza política de Alemania, con una creciente popularidad que obligó al mismo Presidente que lo llamó “Cabo Bohemio”, a designarlo Canciller de Alemania el 30 de Enero de 1933.

     Ya en el poder, las elecciones parlamentarias del 05 de Marzo de 1933 las ganó por amplio margen, constituyéndose en la mayor fuerza política, hecho que le abrió el camino al Tercer Reich, disolución de la República, y a una época trágica de la historia de la humanidad.

     Antes que todo esto llegara a ocurrir, Hitler ya había escrito lo siguiente:

“Yo sé que los partidarios conquistados por medio de la palabra escrita, son menos que los conquistados merced a la palabra hablada y que el triunfo de todos los grandes movimientos habidos en el mundo ha sido obra de grandes oradores y no de grandes escritores”

     Este es un párrafo del prefacio escrito por Hitler en su obra “Mi Lucha”, elaborada mientras cumplía condena de prisión por esa caricatura de rebelión de 1923, que llamaron el “Golpe de Múnich”, y le dió fama y popularidad ante el pueblo alemán. Ciertamente fue un gran orador y las masas se enardecían hasta la estupidez con sus discursos. El primer tomo del libro fue publicado en 1925, y el segundo en 1927, antes de las elecciones que le otorgaron poder, en esa obra, el psicótico Hitler expuso todo su odio y las ideas que luego como canciller y presidente concretó. Presumo que las mayorías que votarían por él, no leyeron ese libro tan abstracto con más de 100 páginas, y si lo hicieron no entendieron o aprobaron ideas como estas:

“En política triunfa solo el que es brutal e intolerante, la masa tiene horror a los débiles y a los tibios, la masa se somete a los fuertes, al hombre entero, fanático, que infunde miedo y terror”
“Un poderoso gobierno nacional puede disponer considerable cercenamientos de la libertad individual, lo mismo que la libertad de los Estados, sin temor a debilitar la idea imperial, siempre que cada ciudadano reconozca que tales medidas tienen por objeto procurar el engrandecimiento de su nación”

     A Hitler no solo lo acompañaron las masas obreras y pobres, sino que supuestos intelectuales de la época se sumaron al nazismo. Uno de sus más estrechos colaboradores, tratado por la historia como intelectual y de noble cuna; Alfred Rosemberg, en un escrito publicado en 1928, denominado “El Mito del Siglo XX” expresó perlas como esta:

“Alma desde adentro significa raza e inversamente es el alma el lado externo de la raza. Despertar a la vida el alma de la raza quiere decir reconocer su valor máximo, y bajo su dominio, atribuir a los otros valores su posición orgánica. Es este el deber de nuestro siglo: Partiendo de un nuevo mito de la vida, crear un nuevo tipo humano”

     Toda una falacia construida como  poema al egoísmo humano. Surgieron algunas voces, unas más fuertes que otras, advirtiendo del peligro, pero el mito de la raza, el mito del hombre nuevo, sedujo a las mayorías, que coreaban a Hitler y al Nazismo. Las “masas violentas” atacaban al que pensaba diferente, ese era el hombre nuevo comprando el mito tras la esperanza, en este caso el mito de la sangre, de la raza superior, pero ciertamente pudo haber sido cualquier otro mito. El pueblo siempre está en la espera de un mito, solo falta un buen vendedor.

    Desde España, en 1930, se alzó la pluma de José Ortega y Gasset. Con su obra premonitoria “La Rebelión de las Masas”. En plena concordancia con Ingenieros, afirmó que “La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente calificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente calificadas”. En alusión directa a lo que ocurría en Alemania, España, e Italia, alertó.

“Bajo las especies de sindicalismo y fascismo aparece por primera vez en Europa un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones. He aquí lo nuevo: el derecho a no tener razón, la razón de la sinrazón, yo veo en ello la manifestación más palpable del nuevo ser de las masas, por haberse resuelto a dirigir la sociedad sin capacidad para ello”

    Vuelvo a aclarar, desde mi punto de vista, las masas es la parte de la población  movilizada políticamente, pero no todas las mayorías actúan como masas, y estas jamás han representado a las mayorías.

     Claro está, Hitler perdió la guerra, y la historia lo juzgó de monstruo, asesino, etc. Pero pocas veces se le otorga la responsabilidad a esas mayorías que votaron por él, y a esas masas violentas que lo acompañaron y lo legitimaron. El mito decía “El príncipe es legítimo por la gracia de Dios”, hasta que las masas “le cortaron la cabeza al príncipe”. Nació el nuevo mito, “la voz del pueblo es la voz de Dios”, que por cierto es una desviación, hecha por algún populista, de la frase atribuida al Monje Alcuino de York del Siglo VIII d.c, aquel de las siete columnas de la sabiduría humana, que en su obra Epístolas expresó: “Y esas gentes que siguen diciendo que la voz del pueblo es la voz de Dios, no deberían ser escuchadas, porque la rectitud de las masas está siempre bastante cerca de la locura”. Sin embargo en pleno siglo XXI, podemos hacer inventario de la gran cantidad de monarquías existentes en el mundo y la forma como se han desarrollado sus pueblos. El pueblo los acepta mientras esté bien. Hasta ahora respetan a sus reyes que como sabemos, no son nombrados por el pueblo, pero ejercen gran poder político y son un equilibrio ante los antagonismos de los eternos extremos ideológicos.

     La historia implacable nos ha demostrado como supuestas mayorías en los diferentes pueblos del mundo han tenido actuaciones destacadas que el juzgamiento de los años ha valorado como logros o avances significativos, pero también muchas de esas actuaciones no pudieran catalogarse igual; ¿O no fue algo parecido a una asamblea de ciudadanos, o referéndum consultivo, el convocado por Poncio Pilatos para preguntarle al pueblo sobre la suerte de Jesús de Nazareth? ¿Y no fue esa muchedumbre que movilizada y manipulada por Caifás, repetían las consignas que éste y sus sacerdotes les decían? Fue decisión de esa masa movilizada la muerte de Jesús en la cruz, dejando en libertad a Barrabás. La historia  aun reivindica a Jesús, miles de años después, pero las masas han seguido equivocándose a lo largo de la historia, y en varias oportunidades no solo han reincidido en dejar libre a “algún Barrabás”, sino que le han otorgado poder político.
    No faltará quien defienda a esas masas pobres manipuladas, expresando argumentos como: “la Gracia de Dios así lo quiso para que su hijo pudiera resucitar”; “¡El malo era Caifás!; “¡Poncio Pilatos fue un pelele sin autoridad!”; etc.

     Es costumbre generalizada en  políticos y supuestos intelectuales demócratas complacientes, culpar al ciego y no atreverse con el que le da el garrote. Pocos autores de justificado renombre en ciencias políticas, se arriesgan a acusar la responsabilidad de mayorías circunstanciales en los males de sus naciones. En esto nos puede ilustrar el italiano Humberto Eco con un reciente artículo denominado “El enemigo de la prensa” publicado en el New York Times, del 24 de Julio del 2009, donde, en clara referencia a la situación política actual de su país, expresó:

“La historia (me gustaría decir desde Catalina en adelante) está llena de hombres atrevidos y carismáticos, con escaso sentido del Estado y altísimo sentido de sus propios intereses, que han deseado instaurar un poder personal, desbancando parlamentos, magistraturas y constituciones, distribuyendo favores a los propios cortesanos, identificando el placer personal con el interés de la comunidad. No siempre estos hombres han conquistado el poder al que aspiraban porque la sociedad no se lo ha permitido. Cuando la sociedad se lo ha permitido, ¿Por qué tomársela con estos hombres y no con la sociedad que le ha dado carta blanca?

     Es aquí donde los términos abstracción, fantasía y mito se me hacen sinónimos, es difícil hablar mal de las masas y de las mayorías, tienen soberanía, poder del voto y violencia significativa para meter miedo. Aquel que aspira reconocimiento, cargos y prebendas no puede enfrentarse a ellas y, siempre existirá el riesgo de que las masas acaben violentamente con aquellos que aún sin enfrentárseles no los acompañen en sus aspiraciones. Por tal razón, la prudencia aconseja decir lo que ellas quieren escuchar y no otra cosa, eso es otra esencia democrática ¡No contradecir a las mayorías!


De la Democracia a la Oclocracia

    El problema de relación entre poder y masas incluyendo el poder en las masas ha sido objeto de estudio desde el inicio de la historia. El nacimiento de la Democracia como forma de gobierno fue un creación del hombre para tratar de canalizar las inquietudes de sus mayorías, y al respecto, Sócrates, Platón y Aristóteles reflexionaron sobre ese tema. En 1553, el francés Etienne de la Boetie, en su famoso discurso “De la Servidumbre Voluntaria”, expresó que la tendencia natural de los pueblos es desconfiar de quien lo ama y confiar en quien lo engaña: “Esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad y llevar a la servidumbre por un simple halago, o una pequeña golosina

     El ya citado Scipión Sighele reflexionó sobre el tema al expresar: “Se dice que ejercer el poder en grupos, es una garantía contra los abusos, pero hay que ver ante todo si son una ayuda y facilitan el ejercicio de ese poder”, afirmaba dicho autor que cuando hay muchas personas, se diluye el ejercicio de ese poder, se hace nulo por las discordias que origina el interés, las opiniones y los humores diferentes, y porque si uno acude, el otro no, perdiéndose tiempo, oportunidad y eficacia; “si es difícil hallar talento en todos, mucho más difícil es encontrar responsabilidad personal, todos tratan de rehuir la carga

     La ciencia política, luego de la Segunda Guerra Mundial, ha centrado el debate en una discusión dialéctica entre los racionalismos liberal y marxista, cada uno con defensores a ultranza de sus modelos económicos capitalismo y socialismo respectivamente, que por supuesto enaltecen sus ideologías con la exclusión del mito como herramienta de análisis para la suya, pero si para la otra tendencia. Esto es entendible ya que siendo la democracia el modelo de Estado (o de gobierno) de moda, sigue sustentado en el voto individual del ciudadano y por tal razón el logro de los objetivos políticos es capturar la mayor cantidad de votos posibles. Para lograr esto, los políticos, según George Sorel, trabajan los mitos en el colectivo. “La manipulación de estos mitos es orientada a reforzar un sentimiento de dependencia a entidades colectivas abstractas, como la raza, el Estado, la nación, la cultura, la libertad, la sangre, la nación, etc.” Según dicho autor, el mito posee elementos psíquicos que lo comparan con la ideología, la utopía y la quimera, utilizados por las maquinarias partidistas para “elaboraciones de la conciencia colectiva que no se basan en una realidad objetiva” buscando subyugar a las mayorías para capitalizar su atención y sus votos, y de ser necesario, poder movilizarlos en la defensa de sus intereses de turno y de sus mitos. Claro está, en el actual mundo globalizado, ningún cddno aceptará su condición de manipulado por la esperanza y el mito.

     Las sociedades modernas han tratado de construir nuevos modelos democráticos, diseñando, hasta con normas internacionales, códigos de conductas y  lineamientos ubicados en dimensiones éticas, llenos de expectativas sobre las actuaciones de ese pequeño grupo de la población, que se postulan y ocupan cargos de gobierno.  Una definición moderna de democracia, que más parece adecuada a este planteamiento, es la del jurista español Ramón Cotalero, en su obra “En torno a la teoría de la Democracia” (1990)

“La democracia es la forma de gobierno en que las decisiones se adoptan por mayoría que actúa como la totalidad, pero que no siéndolo, ha de respetar los derechos de las minorías. Entre estos, a su vez, el más importante es el de convertirse en mayoría mediante procedimientos pacíficos”

     Es otra hermosa construcción poética llena de buenas intenciones para las relaciones armoniosas entre una totalidad conformada por mayorías y minorías luchando por el poder en ciclos más o menos continuos de sustituciones en los cargos públicos, en una realidad social marcada por la pobreza, la corrupción, la incompetencia, la improvisación y la modificación de los valores hasta ahora sustentados por la ética para la sana convivencia social.

     Alertaba Rousseau a mediados del siglo XVIII, sobre la eterna disputa acerca de la mejor forma de gobierno, sin considerar que cada uno de ellos, es la mejor en algunos casos y la peor en otros. Recomendando que la democracia conviene solo a los estados pequeños, expresó que:

“Un pueblo tan perfecto que no abusase jamás del gobierno, tampoco abusaría de la independencia; un pueblo que siempre gobernase bien, no tendría necesidad de ser gobernado. Jamás ha existido una verdadera democracia, ni es posible que jamás exista. Es contrario al orden natural que gobierne la mayoría y que la minoría sea gobernada”

     Esta visión de Rousseau se resume en otro adagio popular, “muchas manos en el caldo ponen el guiso morado”. Hay que recordar que dicho autor también expresó refiriéndose a la democracia, “un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres” y que si existiese un pueblo de dioses, sin duda se gobernaría democráticamente.

     Hago especial énfasis en razón de aquello que las nuevas tendencias políticas autoproclamadas “progresistas” denominan “poder al pueblo” como una teoría avanzada de la llamada “Democracia Participativa”, esa que técnicamente sustituye a la “representatividad”, y que en Venezuela amenaza sensiblemente la estabilidad de las instituciones previstas en la constitución y con ello, la propia convivencia social de unos pueblos tan numerosos y tan lejos de los dioses del pueblo de Rousseau.

     Con sustituir el término “representante” por el de “vocero”, o cualquier otro vocablo inventado para ello, no se solucionan los problemas de incompetencia, ignorancia, corrupción, etc. Multiplicar el número de voceros no es garantía por si sola de que esos nuevos representantes, sean una expresión cuantitativa y mucho menos cualitativa de lo mejor de nuestra sociedad. Desapareciendo de la estructura organizativa instituciones como la parroquia, el municipio o el estado, para crear comunas, estados comunales, o como quieran llamarlos, son nuevas entelequias o viejos fracasos. Se debe recordar que en 1980, China eliminó el proyecto de comunas populares que junto con el “gran salto adelante” y otras “innovaciones de la revolución” reconocieron públicamente como “errores de la izquierda”.
    Si existen tantos errores nuevos que cometer, porque repetir viejos errores creando ficciones jurídicas que lo que hacen es sumar expectativas a las grandes mayorías, ahora ilusionadas con el mito de un “Poder Popular” planteado en normas ambiguas y mal redactadas. Estos cambios gatopardianos solo suman confusión y diluyen las responsabilidades, haciendo más evidente aquello que “lo que es de todos no es de nadie”, y por lo tanto nadie lo cuida y nadie responde por ello. Esto es un paso agigantado hacia mayor desorden,  impunidad y  anarquía.

     En Venezuela, el pueblo aprendió que para ser presidente del país solo tiene que ser venezolano de estado seglar, mayor de 30 años y contar con el apoyo de la mayoría. También aprendió que nadie es mejor que nadie,  que todos somos iguales y que no existe la discriminación social ni política. Ahora, ese pueblo reclamará por mayoría de votos que su vecino “Chance” el jardinero de la Universidad, tremendo líder comunal y sindical, tenga derecho a ser Rector de esa universidad de la que él forma parte ¿O es que un rector es más que un presidente? Cité jardinero en alusión al personaje aquel de Jerzy Kosinsky en su obra “Desde el Jardín”. Pero pude también referirme al Juan Peña de Pedro Emilio Coll, al Sancho de Cervantes, al Bertoldo de Croce, por nombrar los menos malos.

     Con el poder no se debe jugar, ya que aquel que lo conoce, se acostumbra a el y no lo quiere perder. Este fenómeno masificado puede ser peligroso en las mayorías que según la democracia, ejercen el mito de la soberanía sin estar capacitadas para ello. La soberanía popular es un todo abstracto, y no puede dividirse entre el número de ciudadanos para que cada uno de ellos ejerza una parcelita del poder que la genera creyendo estar preparado para ello.

     Polibio, en el año 200 a.c, nos advertía que cuando una democracia se mancha de anarquía y violencia, con el pasar del tiempo se transforma en la oclocracia, otro concepto abstracto que se define como “la tiranía de las mayorías incultas y el uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar decisiones o regulaciones desafortunadas por su irracionalidad”.

     Cuando la identificación del gobernante con esas mayorías es de tal naturaleza que se comparte una visión parcializada de la realidad y de la razón, nos expresa Polibio que “El interés de los oclócratas que ejercen el poder es hacerlo degenerar en oclocracia con el objetivo de mantener dicho poder en forma corrupta, buscando una ilusoria legitimidad en el sector más ignorante de la sociedad hacia la cual vuelcan todos los esfuerzos propagandísticos y manipuladores” 
El Leviatán no es el Estado como afirmó Hobbes, es esa mayoría del pueblo que desapareció de su menú de opciones los conceptos orden, respeto, autoridad, mérito y otros similares. Es el monstruo bíblico que en nuestro país despertaron los mitos de Estado y democracia, y que se levanta para reclamar las esperanzas que le vendieron. Cuando ese monstruo sin conciencia ni entendimiento se intoxique de anarquía a causa de las únicas opciones que maneja, igualdad, libertad y poder, tomará su cola entre sus fauces y comenzará a devorarse a sí mismo.



Angel Alberto Bellorín